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Comer, ¿un acto natural?

Una sana digestión

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La digestión y absorción o aprovechamiento de las proteínas funcionan eficientemente desde que el bebé nace.

Jueves, Abril 21st, 2016

El sistema digestivo del recién nacido está preparado para digerir adecuadamente azúcares sencillos como la lactosa o el azúcar de la leche. Sin embargo, no posee las enzimas que le permiten digerir hidratos de carbono complejos provenientes de los cereales hasta avanzado en meses.

El sistema digestivo del recién nacido está preparado para digerir adecuadamente azúcares sencillos como la lactosa o el azúcar de la leche. Sin embargo, no posee las enzimas que le permiten digerir hidratos de carbono complejos provenientes de los cereales hasta avanzado en meses.
 
La digestión y absorción o aprovechamiento de las proteínas funcionan eficientemente desde que el bebé nace. De todos modos, debe evitarse darle proteínas en exceso, porque esto implica más trabajo para los riñones que aún están inmaduros. Por otro lado, la pared del intestino inmaduro puede dejar el paso de proteínas extrañas (como las proteínas de la leche de vaca, pan, etc.), que pueden aumentar la probabilidad de desarrollar alergias. Por ello, conviene retrasar la inclusión de estos alimentos.
 
La digestión y aprovechamiento de las grasas es deficiente en el recién nacido. Esta baja actividad se compensa especialmente por una enzima contenida en la leche materna. Con el transcurso de los meses, el hígado madura, entre otras funciones, la capacidad de fabricar sales biliares, necesarias para la digestión de las grasas.
 
Por otro lado, la capacidad del estómago del bebé aumenta progresivamente, lo que le permite consumir comidas más abundantes y menos frecuentes a lo largo de los meses.
 
La maduración progresiva del aparato digestivo del pequeño lo prepara para que a los 6 meses de edad pueda recibir alimentos semisólidos.
 
A su vez, al momento de nacer, el tubo digestivo es un medio estéril, es decir, sin agentes patógenos o que pueden enfermar, pero al cabo de unas horas, comienzan a ingresar bacterias a través de la boca, que van colonizando y poblando la zona.

Cuando el bebé es amamantado, la leche materna le proporciona bifidobacterias o “bacterias buenas” que ejercen un efecto benéfico en el organismo, desplazando a las bacterias que pueden enfermarlo. Esto constituye un factor adicional por el que la lactancia materna reviste tanta importancia, además de que favorece la creación de lazos emocionales entre la madre y el bebé.
 
Una vez que el pequeño comienza con la incorporación de alimentos semisólidos o la alimentación complementaria a partir de los 6 meses de edad, comienza, progresivamente, a adquirir una flora intestinal similar a la del adulto.
 
La presencia de enfermedades, el uso de antibióticos, entre otros factores, también puedan afectar el equilibrio de la flora intestinal.
 
Afortunadamente, existen formas de estimular el desarrollo de estas bacterias buenas. Una de ellas es consumiendo, diariamente, alimentos que contengan propiedades probióticas, es decir, que tengan la capacidad de proporcionar al organismo bifidobacterias, ayudando a mantener saludable el sistema digestivo.

 

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